PreTextos: La noche de los tiempos

Publicado en Marzo 31, 2010 por julio

La última novela de Antonio Muñoz Molina “La noche de los tiempos”   se centra en los meses inmediatos a la Guerra Civil española. El propio autor cuenta que cuando estuvo viviendo en Estados Unidos fue invitado a impartir una conferencia en otoño a una universidad junto al río Hudson, y que tuvo la fortuna de ser alojado en una casita idílica en el centro de un bosque. Allí empezó a fraguar esta magnifica novela, pensando que sería el lugar adecuado para empezar a hacer un relato sobre un exilado de la antigua Yugoslavia; pero con el tiempo se dijo que porque no hacerlo de uno de la Guerra Civil española; así empezó a pensar en la bella historia de amor del poeta Pedro Salinas que le llevó a enamorarse de Katherine Whitmore que fue quien le inspiró uno de los poemarios más deliciosos de la literatura universal “La voz a ti debida”.

Retomando esa historia de amor, centra el personaje en un arquitecto, Ignacio Abel, que esta trabajando en un proyecto ambicioso para la Repúplica, la creación de la Ciudad Universitaria de Madrid. El hecho no es casual en absoluto, ya que pone de relieve la creación de una ciudad para el estudio frente a la destrucción que será la inminente Guerra Civil. Ignacio Abel recibe un encargo hacer una biblioteca en una universidad estadounidense, donde destaca esa sensibilidad tan exquisita de los norteamericanos con las bibliotecas. Os dejo el relato en el que se proyecta esta futura biblioteca…

“-Hasta ahora todo lo que nos han presentado han sido pastiches, como puede imaginar. -Van Doren volvió a pronunciar con pulcritud amanerada una palabra francesa-  Pastiches góticos, imitaciones de imitaciones, de templos griegos, de termas romanas, de estaciones de ferrocarril o palacios de exposiciones imitando templos griegos y monumentos romanos, tartas estilo Beaux-Arts. Pero yo no quiero que sea profanado ese terreno con un monstruo parecido a una oficina de Correos. Me gustaría que lo viera. Le haré enviar fotografias y planos si le parece necesario. Es un claro en un bosque de arces y robles, una elevación más allá del lado oeste del campus, con una vista del río Hudson. El edificio se verá desde los trenes que pasen junto a la orilla, desde los barcos que suben y bajan por el río. Incluso desde el otro lado, desde los acantilados de New Jersey. Será el más visible del college. Lo imagino por encima de las copas de los árboles, más escondido cuando estén llenos de hojas, al final de un sendero que se apartará del rectángulo central, un camino de retiro y elevación hacia los libros, sus luces encendidas hasta la medianoche. Habrá libros, pero también discos de  cualquier música, de cualquier parte del mundo. Judith, con su oído excelente, me ayudará sin duda a buscar grabaciones de música española. Mi familia tiene intereses en algunas compañías fonográficas. Imagino cabinas insonorizadas para escuchar los discos, salas de proyección en las que cualquiera pueda ver las películas. Me interesa mucho ese proyecto que hay ahora en España de grabar en disco las voces de sus personalidades más eminentes. Habrá salas de lectura con grandes ventanales desde los que se dominen el bosque y el río, los otros edificios del campus. No una de esas bibliotecas lúgubres que hay en Inglaterra, y que se imitan absurdamente en América, con olor a moho y a cuero podrido, con estanterías y ficheros de madera oscura, como ataúdes o monumentos funerarios, con lámparas bajas de pantalla verde que les den color de muerto a las caras. Veo una biblioteca luminosa, como esos edificios y talleres que construyeron los maestros de usted en Alemania, como esa escuela que hizo usted en Madrid. Una biblioteca práctica, como un buen gimnasio, un gimnasio para la inteligencia. Una torre vigía y un refugio también.

-Yo quiero trabajar en esa biblioteca -dijo Judith, pero Van Doren no tenía tiempo ni ganas de escuchar. Movía las manos grandes, con las uñas rosadas de manicura, se subía las mangas del jersey, como impaciente por empezar a trabajar en su biblioteca imaginaria, por excavar cimientos, aplanar desigualdades, poner hileras de ladrillos rojizos o bloques de la dura piedra grisácea que emergía en los claros del bosque.

-No lo he invitado hoy para que me diga que sí, para que se comprometa conmigo. Usted tiene muchas cosas que hacer y yo también. El doctor Negrín me ha contado que este año va a ser particularmente difícil para ustedes, porque se han comprometido a inaugurar la Ciudad Universitaria el próximo octubre. Difícil, si me permite mi opinión sincera. Casi imposible.

 

Antonio Muñoz Molina: La noche de los tiempos (Seix Barral, 2009) pag. 148-149

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Escrito en: Literatura y Bibliotecas

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