PreTextos: Paul Auster. Invisible

Publicado en Abril 14, 2010 por julio

Paul Auster. Invisible
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
EDITORIAL ANAGRAMA. BARCELONA

   Te hacen una prueba antes de contratarte. La bibliotecaria titular te entrega un montón de fichas, unas ochenta o cien, quizás, cada una con el título de un libro, el nombre del autor, el año de publicación, y un número del sistema de clasificación decimal de Dewey que indica el estante y lugar en donde debe colocarse. La bibliotecaria es una mujer ceñuda de unos sesenta años, una tal señorita Greer, y ya parece recelar de ti, decidida a no transigir un ápice. Como acaba de conocerte y no puede saber cómo eres, te imaginas que desconfía de toda la gente joven -por cuestión de principios- y por tanto lo que ve en ti cuando te mira no eres tú, sino un guerrillero más en la lucha contra la autoridad, un indómito rebelde que no tiene ningún derecho a irrumpir en el santuario de su biblioteca para pedir trabajo. Esa es la época en que vives, en la que vivís los dos. Te da instrucciones para que ordenes las fichas, y notas cómo ansia que te equivoques, lo contenta que se pondría rechazando tu solicitud, y como tú quieres conseguir el trabajo con las mismas ganas que ella tiene de no dártelo, te aseguras de no fallar. Quince minutos después, le entregas las fichas. Se sienta y se pone a examinarlas, una por una, una detrás de otra, de la primera a la última, y cuando vas viendo cómo la escéptica expresión de su rostro se disuelve en una especie de confusión, comprendesque lo has hecho bien. El rostro glacial esboza una tenue sonrisa. Dice: Nadie llega a hacerlo a la perfección. Es la primera vez que lo veo en treinta años.

   Trabajas de diez de la mañana a cuatro de la tarde, de lunes a viernes.  Acostumbras a llegar temprano, y entras en el vasto y pretencioso edificio neoclásico concebido por James Gamble Rogers con el almuerzo en una bolsa de papel marrón. Dejando aparte su pompa y solemnidad, el edificio nunca deja de impresionarte con sus volúmenes y grandiosidad, pero la palma de la idiotez, piensas, se la llevan, con el mayor de los bochornos, los nombres de los ilustres muertos cincelados en la fachada -Herodoto, Homero, Platón, junto con otros muchos-, y todas las mañanas te imaginas la diferente impresión que daría la biblioteca si estuviera decorada con otra serie de nombres: músicos de jazz, por ejemplo (Fats Waller, Charlie Parker, Benny Goodman), diosas del cine de los años cuarenta (Ingrid Bergman, Hedy Lamarr, Gene Tierney), poco conocidos y menos recordados jugadores de béisbol (Gus Zernial, Wayne Terwilliger, Clyde Kluttz), o, simplemente, los nombres de tus amigos. Y así empieza la jornada. Entras por la puerta principal, el pesado portón con sus brillantes accesorios de cobre, subes por la escalinata de mármol, echas un vistazo al retrato de Eisenhower (antiguo rector de la universidad, presidente luego del país durante tu infancia), y pasas a una pequeña sala a la derecha del mostrador central, en donde das los buenos días al señor Goines, tu jefe, un hombre menudo con gafas de búho y vientre prominente, que te indica el quehacer diario. En esencia, sólo hay dos tareas que realizar. O vuelves a colocar libros en los estantes o envías desde los pisos superiores al mostrador central las nuevas peticiones de libros con el montacargas. Cada trabajo tiene sus ventajas y sus inconvenientes, y todos pueden ser realizados por cualquiera que posea la capacidad mental de una mosca de la fruta.
 Al poner los libros en las estanterías, debes comprobar y después confirmar que el número decimal Dewey del libro que estás colocando en el estante sea un punto superior al del volumen que está a su izquierda y un punto inferior al de su derecha. Los libros se cargan en un carrito de madera provisto de cuatro ruedas, entre cincuenta y cien por cada sesión de colocación, y mientras diriges tu pequeño vehículo por el laberinto de estanterías, te encuentras solo, sempiterna e interminablemente solo, porque el recinto está prohibido a todo aquel que no sea empleado de la biblioteca, y la única persona a la que ves alguna vez es a uno de tus compañeros auxiliares, atendiendo el mostrador frente al montacargas. Cada una de las diversas plantas es idéntica a todas las demás: un inmenso espacio sin ventanas repleto de sucesivas filas de altísimas estanterías metálicas de color gris, todas ellas llenas de libros hasta el límite de su capacidad, miles de volúmenes, decenas de miles, centenares de miles, un millón, y en ocasiones hasta tú, aficionado a los libros como el que más, te quedas anonadado, angustiado, incluso asqueado al considerar cuántos miles de millones, cuántos billones de palabras contienen esos libros. Todos los días te quedas aislado del mundo durante horas, habitando lo que has dado en denominar una burbuja sin aire, aunque debe haberlo porque estás respirando, pero es aire muerto, aire quieto durante siglos, y en ese ambiente sofocante muchas veces te sientes soñoliento, narcotizado hasta el letargo, y tratas de que no te venza el deseo de echarte a dormir en el suelo.

   Sin embargo, en tus tareas de archivar libros a veces te encuentras con hallazgos inesperados, y la nube de aburrimiento que te envuelve se levanta momentáneamente. Descubrir una edición de 1670 de El Paraíso perdido, por ejemplo. No se trata de la impresión original de 1667, pero se acerca mucho, un ejemplar que salió de las prensas en vida de Milton, un libro que posiblemente tuvo el poeta en sus manos, y te maravillas de que ese precioso volumen no esté guardado en una cámara a temperatura controlada para libros raros sino a la intemperie, en las mohosas estanterías. ¿Por qué es tan importante para ti ese descubrimiento, por qué te tiemblan las manos al abrir el libro y empezar a examinar sus páginas? Porque te has pasado los últimos meses inmerso en John Milton, estudiándolo con más detenimiento que a ningún otro poeta que hayas leído jamás. Durante la angustiosa primavera de Rudolf Born, eras uno de los diversos estudiantes apuntados a la clase de Edward Tayler, el famoso curso sobre Milton impartido por el mejor profesor que tuviste en todo el año, y asistías tanto a conferencias como a seminarios, abriéndote camino laboriosamente a través de Areopagítica, El Paraíso perdido, El Paraíso recobrado, Sansón agonista, además de toda una serie de obras breves, y ahora que Milton te ha llegado a encantar y lo consideras superior a todos los poetas de su tiempo, sientes una instantánea oleada de felicidad cuando encuentras ese tomo, ese antiguo volumen de trescientos años atrás, mientras llevas a cabo tus lúgubres rondas colocando libros en las estanterías de la Biblioteca Butler.

   Lamentablemente, tales momentos de felicidad no se producen a menudo. No es que estés especialmente a disgusto con tu trabajo en la biblioteca, pero a medida que pasa el tiempo y se van acumulando las horas, te resulta cada vez más difícil mantener la concentración en lo que estás haciendo, por mecánicas que puedan ser tus tareas. Lina sensación de irrealidad te invade cada vez que pones el pie en ese recinto de silenciosas estanterías, la impresión de que no te encuentras realmente allí, de que estás atrapado en un cuerpo que ha dejado de pertenecerte. Y así sucede que una tarde, sólo dos semanas después de haber merecido el trabajo de ayudante con la única prueba perfecta en los anales de la biblioteca, al encontrarte en un pasillo de historia medieval alemana realizando otra incursión en las estanterías, te llevas un susto de muerte cuando alguien te da unos golpecitos en el hombro por detrás. Te vuelves instintivamente para encararte con la persona que te ha tocado -sin duda alguien que se ha colado de forma inadvertida en esa zona restringida para asaltar o robar a la primera víctima que pueda encontrar- y entonces, con gran alivio, ves al señor Goines, que te está mirando con una compungida expresión en el rostro. Sin decir palabra, alza la mano derecha, dobla el dedo índice en tu dirección, y con gesto impaciente, moviéndolo repetidas veces, te indica que vayas tras él. El hombrecillo echa a andar como un pato por el pasillo, tuerce a la derecha al llegar al corredor, pasa por una fila de estanterías, luego por otra, y vuelve a desviarse a la derecha por un pasillo de historia medieval francesa. Has estado allí con el carro no hace ni veinte minutos, colocando varios libros sobre la vida cotidiana en la Normandía del siglo X, y efectivamente el señor Goines va derecho al sitio en que has estado trabajando. Señala el estante y dice: Fíjate en esto, de modo que te agachas y miras. Al principio no observas nada fuera de lo corriente, pero entonces el señor Goines saca dos libros de la estantería, dos volúmenes separados por una distancia de unos treinta centímetros, con otros tres o cuatro libros entre medias. Tu jefe te pone los dos libros cerca de la cara, indicándote claramente que quiere que leas el número decimal Dewey pegado en el lomo, y sólo entonces :e das cuenta de tu error. Has invertido la colocación de los volúmenes, poniendo el primero en el lugar del segundo y dejando el segundo en donde debía estar el primero. Por favor, dice el señor Goines, con voz un tanto desdeñosa, no lo vuelvas a hacer. Si un libro se coloca donde no le corresponde, puede estar perdido durante veinte años o más, quizá para siempre.

   Es un asunto de poca importancia, quizás, pero te sientes humillado por tu negligencia. No es que los dos libros en cuestión fueran a perderse (se encontraban en el mismo estante, al fin y al cabo, a sólo unos centímetros uno de otro), pero entiendes lo que el señor Goines trata de decir, y aunque te irrita el tono condescendiente que adopta contigo, te disculpas y prometes prestar más atención en el futuro. Piensas: ¡Veinte años! ¡Para siempre! Esa idea te deja pasmado. Pon algo donde no le corresponde, y aunque siga estando ahí -prácticamente delante de tus narices- puede desaparecer hasta el fin de los tiempos.

   Vuelves al carro y sigues colocando libros de historia medieval alemana. Hasta ahora no has sabido que te estaban espiando. Eso te deja mal sabor de boca, y te dices que debes tener cuidado, mantenerte alerta, no dar nunca nada por sentado, ni siquiera en el afable y soporífero recinto de una biblioteca universitaria.

   Las expediciones a las estanterías consumen aproximadamente media jornada. Pasas la otra mitad sentado detrás de un pequeño escritorio en los pisos superiores, esperando que de las entrañas del edificio surja un tubo neumático con una papeleta de préstamo que te ordena buscar este o aquel libro para el estudiante o profesor que acaba de pedirlo abajo. El tubo neumático hace un ruido característico, vibrante, mientras se precipita velozmente a su destino, y puedes oírlo desde el momento en que inicia su ascensión. Las estanterías están distribuidas entre varias plantas, y como eres uno de los diversos ayudantes sentados frente a su mesa en cada uno de esos pisos, no sabes si el tubo neumático con la papeleta de préstamo enrollada en su interior viene dirigida a ti o a uno de tus colegas. No lo averiguas hasta el último segundo, pero si  efectivamente es para ti, el cilindro metálico irrumpe con fuerza a tu espalda por una abertura en la pared y aterriza en la caja con un sordo batacazo, activando instantáneamente un mecanismo que enciende las cuarenta o cincuenta bombillas rojas dispuestas por el techo de un extremo a otro de la estancia. Esas luces son algo fundamental, pues puede darse que te vayas levantado de la mesa cuando llega el tubo, y estés buscando otro libro, de modo que al ver las bombillas ya sabes que acaba de llegar otro pedido.

   Si no te has alejado del escritorio, sacas la papeleta del tubo, vas a buscar el libro o los libros que hayan pedido, vuelves a la mesa, metes .a papeleta de pedido en cada libro (asegurándote de que la parte de arriba sobresale unos cinco centímetros), pones los volúmenes en el montacargas, que está en la pared de detrás de la mesa, y pulsas el botón de la segunda planta. Para concluir la operación, devuelves el tubo introduciéndolo por una pequeña cavidad en la pared. Oyes un agradable silbido cuando el cilindro es absorbido en el vacío, v las más de las veces te quedas un momento allí de pie, siguiendo el rumor del vibrante proyectil mientras se precipita por el conducto en su trayectoria descendente. Luego vuelves a la mesa. Te sientas en la silla. Y esperas al siguiente pedido. A primera vista, no tiene nada de particular. ¿Qué podría ser más sencillo o menos laborioso que poner libros en un montacargas y pulsar un botón? Tras el arduo trabajo de colocar volúmenes en los estantes, se pensaría que tu tarea de estar frente a la mesa constituye un descanso bien merecido. Siempre que no haya libros que buscar (y muchos días sólo te envían el tubo neumático tres o cuatro veces en otras tantas horas), puedes hacer lo que te venga en gana. Leer o escribir, por ejemplo, deambular por la planta y meter la nariz en textos arcanos, hacer dibujos, echarte alguna que otra siesta a escondidas. En uno u otro momento, logras hacer todas esas cosas, o lo intentas, pero el ambiente en las estanterías es tan opresivo, que te resulta difícil centrar la atención mucho tiempo seguido en el libro que estás leyendo o el poema que tratas de componer. Te sientes como atrapado en una incubadora, y poco a poco llegas a entender que la biblioteca sirve única y exclusivamente para una cosa: entregarse a fantasías sexuales. No sabes por qué te ocurre eso, pero cuanto más tiempo pasas entre ese aire irrespirable, más se te llena la cabeza de imágenes de hermosas mujeres, de mujeres desnudas, y en lo único que puedes pensar (si pensar es la palabra adecuada en este contexto) es en follar con hermosas mujeres desnudas. No en alguna alcoba femenina, sensualmente decorada, ni tampoco en un tranquilo y placentero prado, sino ahí mismo, en el suelo de la biblioteca, revoleándote en sudoroso abandono mientras el polvoriento espíritu de millones de libros revolotea en el aire a tu alrededor. Te follas a Hedy Lamarr. Te follas a Ingrid Bergman. Te follas a Gene Tierney. Copulas con rubias y morenas, con negras y chinas, con todas las mujeres a quienes has deseado, una por una, a pares, tres a la vez. Las horas se suceden despacio, y allí sentado, en la cuarta planta de la Biblioteca Butler, notas que la polla se te pone tiesa. Ahora siempre la tienes dura, continuamente, con la más firme de las erecciones, y a veces la tensión es tan grande que te levantas de la mesa, te precipitas por el pasillo hacia el servicio de caballeros, y te la machacas en el retrete. Te das asco a ti mismo. Te sorprendes de lo rápidamente que cedes a tus deseos. Cuando te subes la cremallera juras que nunca volverá a suceder, que es exactamente lo que te dijiste hace veinticuatro horas. La vergüenza te persigue cuando vuelves a la mesa, y te sientas preguntándote si no te pasará algo grave. Concluyes que nunca te has sentido más solo, que eres la persona más triste y sola del mundo. Piensas que vas camino de una depresión nerviosa.

Compartir: Share/Bookmark

Tags: , , ,
Escrito en: Literatura y Bibliotecas, Principal

Escribe un comentario

Descripción

La biblioteca de la Facultad de Traducción y Documentación, por su pertenencia a la estructura bibliotecaria de la Universidad de Salamanca y el carácter que le imprime su personal es un "lugar" abierto al universo; que en el mundo real se ubica en:
C/ Francisco Vitoria 6-16 C.P. 37008
Salamanca (España)
Tfno: +34 923 29 45 80
Fax: +34 923 29 45 82
Centralita: +34 923 29 45 00 ext.:3150

Categorías

Recursos

Calendario

Febrero 2012
L M X J V S D
« Ene    
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
272829  

Etiquetas

Acceso abierto Acreditacion Aprendizaje Biblioteca 2.0 Bibliotecarios Bibliotecas Bibliotecas digitales Bibliotecas escolares Bibliotecas Públicas Bibliotecas universitarias Buscadores Calidad Comercio editorial Derechos de autor Documentación E-books Empleo España Estudio de usuarios Evaluación Formatos Fuentes de información Gestores de referencias Google Industria editorial Internet Investigación Lectores de libros electrónicos Libros Libros electrónicos Literatura Monográficos PreTextos Redes sociales Repositorios Revistas electrónicas Sistemas Integrados de Gestión Bibliotecaria Software libre Tecnologías de la Información Traducción Traductores Tutoriales Vídeos Web 2.0 Web social

Enlaces

Recursos sobre Documentación

Archivos

Meta